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La odiosa comparación


A veces pienso que la prueba más fehaciente de que existe vida inteligente en el universo es que nadie ha intentado contactarse con nosotros. - Bill Watterson

Miraba el noticiero de TVE y me sorprendí con la noticia del apoyo multitudinario al juez Baltazar Garzón. Resulta que el hombre ha metido el dedo en la llaga franquista -a favor, claro, de muchas de sus víctimas- y le han salido delitos. Como nunca pensé que pasaba fuera de aquí.

Según los de la iniciativa de la marcha, las expectativas fueron superadas en mucho. Las pancartas vuelven a confesar -como cada vez que se marcha en España- el motivo: la solidaridad. He visto en esos noticieros cómo la gente se vuelca a la calle en solidaridad con la madre que perdió la hija, por ejemplo. Pueblos enteros rechazando cualquier crimen porque deben saber que sólo es un capricho de la suerte el que la maldad le haya tocado la puerta a la vecina y no a cualquiera de ellos.

He leído muchas veces a españoles quejarse de las guarradas que se suceden a diario dentro de sus márgenes fronterizos. Pero, como siempre, no dejan de producir escozor opiniones de ese tipo, sobre todo, si se vive en cualquier país en el que los mínimos de convivencia e higiene –en cualquier sentido- de allá son los aparentemente, parece gritar la historia, imposibles de aquí. En un artículo de Pérez-Reverte, magistralmente –como sólo puede ser- se retrata la verdad del aeropuerto de Barajas con un título como “pare el avión, por donde pueda”, o algo así. Y mientras lo leía no dejaba de sonreír y decirme “ay, amigo. Si ves cualquier aeropuerto nuestro…”. Parece ser que hasta hace unos 20 años, a la fecha, era un verdadero prodigio suramericano. Hoy, en la mañana, leía a Osío Cabrices. Y aplaudí ése dar su justo valor a la supuesta maravillosa y envidiable habilidad del venezolano para “improvisar”. Sí, entre comillas. Porque eso de resolver temporalmente problemas con “teipe” para descubrir que fatídicamente esos “temporalmente” significan de por vida, es sencillamente repugnante y reflejo fiel de nuestra cultura. Porque como eso, todo. Ejemplo triste: la avenida Luis de Camoes. La provisional de Macaracuay. Que nunca cambió su naturaleza, ni su forma, ni su calidad. Es una vergüenza nacional que todavía mucho y muchos recordamos como eso, como la provisional que algún día dejaría de serlo. Ahora es avenida porque como vamos cansándonos de decirlo, o uno a uno, naturalmente, vamos muriendo, los diarreas que tenemos de gobernantes pillaron en el aire que ya era hora de cambiarle la denominación. Total, entre camino rural y autopista venezolana poca diferencia hay. Quizás antes era un asunto de iluminación. Insisto, antes. Que ya no, que el país que fue ejemplo de red de distribución eléctrica en América no pasa de ser otra vergüenza universal, que compite desesperadamente por alcanzar, para nada, la higiene física y mental de sus gobernantes. Los españoles tienen todo el derecho del mundo a quejarse. Están en busca frenética de la paz, la convivencia, la consideración nacional. Pero nosotros, que no salimos del infierno, tenemos derecho a mirar con envidia. Ojala no pasáramos de ahí, de mirar. Lamentablemente suena cada vez más a menudo la palabra venezolano en las noticias rojas de la madre patria. Y aquí nos reímos de ello hasta que el intestino se descontrola. Porque no me pasa a mí. Incluso, pienso en la forma de emigrar y cómo me las arreglaré para pasar desapercibido hasta que o me dan la residencia o le jodo la existencia y la mucha o poca fortuna –cochina desgracia- a cualquiera, a varios, y regreso como el héroe nacional: tío conejo. El que se limpia hasta con el tío tigre.

Estando en Passau, Alemania, me llevaron a ver el edificio donde funciona el ayuntamiento. Si mal no recuerdo, el año en que se inauguró el edificio es 1132. Reí y me preguntaron el motivo. Les dije que cuando la gente de Passau construyó ese edificio, donde se reunían concejales, Colón no había llegado a América. Ninguno me creyó. Que bueno saber que estamos entre nativos y no podemos engañarnos. Allá se discutían ideas, se peleaba por construir, mejorar. Aquí poco después de nacer nos acostábamos bajo el árbol que nos alimentaría hasta la muerte. La nuestra o la del árbol. Que venía a ser lo mismo porque no había fuerza universal que nos moviera de ahí si el árbol moría por un rayo, o se secaba o qué sé yo. Era lo de menos.

El asunto: A Baltazar Garzón le han aparecido delitos. Quizás los cometió. Qué difícil debe ser estar en su pellejo, trabajar su empleo. Ser profesional de la honestidad debe ser terrible. Ser objetivo de corruptos, que todos quieren sobornarte y mantenerte firme, impoluto, allende otros mares de la mano que moja la mano, es el acto grandioso que nos aleja de los otros humanos, que nos diferencia unos a otros, si es que esa diferencia existe. Porque una cosa es ser honesto desde mi miseria y otra estar, como aquí, como los honestos que ruegan por que me pongan donde haiga. Y que lo logran sólo con regalar el alma al diarrea de turno. Pero una multitud de gente salió a defenderle, a apoyarle porque el hombre ha tenido la hombría que muchos jamás tendrán –incluso disponiendo de armas y de hombres armados- y le ha puesto cara a crímenes de lesa humanidad, a la corrupción galopante, al narcotráfico, a cuanta mierda se ha venido regando por el mundo desde que la desgracia humana cayó sobre el planeta. Así que es el momento de preguntar, a quien corresponda, sabiendo que la solidaridad algún día va a ser mi necesidad, ¿hasta cuándo vas a ser benesolano?

PD: Cada vez hay más presos políticos y parece ser que es asunto de nadie. Aquí matan a una mujer y nos hacemos solidarios con el diarrea que la mató. Ése es mi campeón, carajo

Comentarios

  1. Comparto tus reflexiones, sobre todo las del último párrafo: Aquí todo el mundo ve los toros desde la barrera y se cree con derecho de crucificar a quien dá un paso al frente para tratar de cambiar la miserable realidad en que vivimos.
    No encuentro palabras para calificar lo que sentí, cuando ví las imagenes y escuché las consignas de un "pueblo" reunido en torno a un asesino, celebrando su capacidad de resolver las cosas a golpes, ignorando de manera repugnante los hechos que los llevaron a reunirse en un gimnasio cubierto: El asesinato de una joven mujer de manera brutal.
    Falta poco, muy poco, para que el árbol llamado petróleo deje de alimentarnos y entonces quiero ver que van a hacer los "benesolanos" que se ufanan de ser habitantes, que no ciudadanos, del "mejor país del mundo".

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