
Hace poco, tristemente, vi un documental en televisión en el que, al comenzar, una cámara visita desde el techo de un muy pequeño y sencillo hotel a una ciudad. Una ciudad, digamos, mediana. No es la capital de ese país. El movimiento panorámico a la izquierda de la cámara desde el hotel deja ver que se trata de unas cuantas calles rodeadas de modestas casas hechas de bloques de arcilla y cemento. Uno que otro medianamente destacado edificio -sede del gobierno regional, muy probablemente-. Nada de construcciones de vidrio. Más allá de esas cuantas calles una centena o más de casas, ya de precaria solidez y aspecto, sirven de encuentro con la selva circundante. La imagen sabe a calor y humedad. Huele a algo como el agua de mar mezclada con aguas negras. Las imágenes se sienten como bandadas de siempre hambrientos insectos hematófagos apostando a no dormirás, no vivirás. Cada vez más cerca al monte la solidez, las paredes, techos saludables y puertas se hacen lujo y las casas terminan siendo unos por si acaso nos sorprende una tormenta que en realidad son la sede de la base de la sociedad: donde nacen, crecen, apenas se desarrollan y, finalmente, mueren todos los miembros de una familia. Sus sueños incluidos.
El narrador del documental sigue un guión muy bien redactado que va dedicándole unas palabras a la corta historia decente de ese país: de tal año a tal año murieron en tantas guerras tantas personas, que sorprende ver casas habitadas, niños jugando a mírame cámara.
Finalmente la cámara entra a un hospital. Sí, a un hospital. Tres escalones llevan hasta una plataforma en la que un pequeño muro de apenas un metro rodea el frente de la casa y sirve de, pareciera, único sitio donde sentarse en la pequeña ciudad. Ahí descansan hombres mayores sus enfermedades, penas y tristezas por saberse en un sitio que no figura ni en el recuerdo, las oraciones ni en la idea de abandono de cualquiera que no es de ahí. Para los niños es un trampolín de quién sabe qué escenario puede hacerse en la cabeza un niño de por esos lares. Las paredes alguna vez estuvieron pintadas de un verde claro hasta la mitad. La superior pareciera que alguna vez fue blanca. Curiosamente los únicos dos grafittis que las hacen notar son de índole política y no otra acción estúpida vandálica reggaetonera -con las debidas redundancias-. El techo de zinc rendido en el extremo todavía llora los restos de la última lluvia. Ya instalados en el interior, reportera y camarógrafo, una doctora hace el esfuerzo descomunal más impresionante jamás visto en televisión: explica que es verdad. Que se trata de un hospital. Pero que, como es de tontos dudar, no hay insumos, no hay medicinas, aparatos. Que en realidad no es tan difícil explicarle a los pacientes que deben ir a la capital del estado o provincia, o mejor aún a la del país porque ahí no tienen sino lo en extremo básico, elemental. Explicarles que con el dinero que no tienen deben ir con su miseria a buscar ayuda a otro sitio. Porque en realidad todo está a la vista. Que no son tontos.
La única doctora del centro hospitalario con nombre de algún militar, acompañada de una adolescente que tiene, más que sueños, delirios de ser médico, atiende -como era de suponerse- hasta partos. Son muchos los casos que deben paliar de dengue -últimamente de moda-, diarreas mortales entre los niños, enfermedades venéreas y un carrusel de infecto-contagiosas parecido a un catálogo de pinturas. Además debe enfrentar a cualquier hora emergencias hasta odontológicas.
La miseria en la pantalla duele. Provoca pelear con las moscas a las que ya se rindieron los niños y las dejan vivir en perfecta armonía entre sus párpados y labios. Cada comentario y explicación quita un poco más de aliento. Cada razón y cada maldición contenida -para no ofender nuestro horario protegido- renueva el ardor en el estómago. Y tratas de prestar atención a toda aquella tragedia en perfecto español -esperabas que la doctora hablara algún dialecto africano- pero tu multitarea cerebro, cada vez a menores intervalos, no deja de hacer sus comentarios al margen. Y sabes que están escritos con esa cosa que todos en el documental tienen pegado de por vida a sus dedos. Porque con todo y la ignorancia, ya da miedo usar el agua del río con motivos higiénicos y el agua corriente y potable de las tuberías -por Dios- no lo es tanto y de regular presencia como el río. Y así se va manchando la periferia de lo que estás viendo en la pantalla del televisor. Ya muchos habrían cambiado el canal, pero hay que reconocer la calidad de esos documentales de Televisión Española y te aventuras a llegar al final. Y antes de que eso suceda, lo que sabías. Es esa fétida verdad que todos conocemos, que sabemos el origen de cuanta miseria, dolor y tragedia existe. Ante el silencio de la doctora, brillante héroe de esos, anónimos, a la pregunta de pero, ¿por qué? y el insistente y casi llorado ¿por qué?, debe intervenir el narrador para explicar que, como en todo país con riquezas minerales, lo que de verdad abunda es la pobreza. Y petróleo. En malditas cantidades, petróleo. Y se dispara la indignación y no calla: Que los recursos terminan en los bolsillos de los gobernantes. Que siempre ha sido así. Que antes con los partidos, que después con la revolución fue peor -como siempre peor, es la firma personal de esos negociones-, y que ahora nuevamente con los partidos no ha habido cambio. Que nunca se creyó más en el futuro que cuando la revolución. Pero que acabaron con todo. Que eran los de siempre pero descaradamente armados. Que es el peor engaño. Que empiezan diciendo a todas luces mentiras -para quienes han terminado, cuando menos, la más básica de las escuelas- pero que en realidad la meta era distribuir la miseria para repartir entre ellos, pocos, la riqueza. Que adónde fueron todos los muertos que quedaron atrás, en la página y media de la historia de su país.
No me contengo y me hago una nueva y propia definición de estúpido: el que todo lo que le dicen esos gusanos hinchados y enverrugados -de cuerpo y, peor, alma- no solamente lo cree, sino que lo defiende y, oh naturaleza, tú y tus calamidades y burlas, lo repite. Sí, claro. Es producto del sistema.
Así que, a quien corresponda: El documental no fue grabado en tu país. En serio. Es en Guinea Ecuatorial. Pero qué de casualidades, semejanzas y cochinadas, ¿no?
Saludos Cholo. Anotátum est que seguimos por distintas corrientes nuestra incesante, testaruda e inútil lucha por las causas perdidas por medio de la palabra. Adelante
ResponderEliminarBen